PASCUA FLORIDA EN ESTADOS UNIDOS

     La Pascua siempre cae en primavera, en ese tiempo del año en que todo augura esperanza.  Han pasado los fríos del invierno que, por sus efectos rigurosos, parecen extender sobre la tierra una capa de rigidez y de muerte.  Han pasado las largas noches que restan luz, claridad y esplendor al día.  Han quedado atrás las nieves acumuladas en las crestas y los valles de las altas montañas.  Ha pasado esa época en que los árboles tienden hacia afuera sus ramas como brazos desnudos y yertos, mientras la savia vital se concentra en sus raíces, bajo tierra.

     Ha llegado la primavera y ya el sol se ve más cercano y brillante.  Los días se llenan de luz y de sol y se hacen más largos, hay menos tiempo para el sopor y el letargo.  Esa savia vital, acumulada en las raíces frías de plantas y árboles, comienza su circulación a lo largo del tronco, potenciada por el calor del astro sol y comienzan a brotar los capullos como el preludio de una floración.  Al calor de los rayos solares las nieves se van derritiendo.  Brotan las fuentes sus aguas cristalinas y comienzan los arroyuelos a deslizarse por las montañas, bajando a los valles, para llegar a las llanuras y hacer germinar a las semillas ocultas en la entraña de la tierra.  Las aves se aparean y comienzan a fabricar ya sus nidos para recibir a sus crías que pronto vendrán a la vida.  En la naturaleza durante la primavera todo nos habla de una esperanza, de una especie de resurrección.

     La liturgia cristiana, que comienza también en invierno, durante cuarenta días nos habla de cenizas, de penitencia y ayuno, de muerte al pecado y de conversión y cambio a una vida nueva.  Nos trae al recuerdo los sufrimientos, la pasión y la muerte de Cristo; pero invariablemente termina en una resurrección.  El agua del bautismo pascual borra las cenizas de la muerte, la comida eucarística sustituye al ayuno, la vida triunfa sobre la muerte.  Parece que una corriente de gozo, de esperanza, de ánimo y de ilusión recorre el cuerpo de la cristiandad que, entusiasmada con el triunfo del Resucitado, estalla en todo el mundo con una explosión de Aleluia, alegría.  El invierno ha dado lugar a la primavera, la cuaresma a la Pascua, la muerte a la vida.  Con toda razón todos los Pueblos Hispánicos llaman a este tiempo, la Pascua Florida, la Pascua de las flores.

     Fue en esa memorable semana en 1513 cuando un valiente capitán español de auténtica solera leonesa y cristiana, Juan Ponce de León, saliendo de Puerto Rico, llega a Norteamérica.  Desembarca con sus hombres en la tierra cercana a Cabo Cañaveral, planta la primera cruz erigida en Estados Unidos y llama a esa tierra Florida.  Ponce de León y su gente fueron los primeros en proclamar aquí el misterio de la Pascua cristiana.  Por medio de ellos la Iglesia católica fue la primera en proclamar el mensaje cristiano en territorio estadounidense y en sellarlo con el nombre de la Florida.  Precisamente por este hecho tendría más sentido que este país, en vez de llamarse Estados Unidos de América, se llamara Estados Unidos de la Florida; más si se tiene en cuenta que durante todo el siglo XVI se llamaba Florida a toda la costa atlántica de los actuales Estados Unidos.

     Este nombre de la Florida, dado por Ponce de León a esta tierra, tiene visos de profecía y responde muy bien al objetivo de su viaje.  Cuenta la historia que lo que motivó a Ponce de León a venir a éstas tierras de Florida, que los indios llamaban de Bímini, era descubrir una fuente de aguas milagrosas que rejuvenecían a los que bebían de ellas, donde los viejos se tornan mozos.  Venía buscando la fuente de la juventud.  Pascua Florida es precisamente eso, renacer por el agua del bautismo a una vida nueva.  Florida, pues, fue el nombre acertado, porque ahí por el bautismo renacerían muchos a una vida nueva, a una vida de eterna juventud.  Ponce fue un profeta, porque anunciaba con ese nombre, dado al primer territorio descubierto de esta nación, el nacimiento de un gran país que daría una abundante floración de vida cristiana.

     Ponce de León en sus dos viajes a la Florida echó las primeras raíces del cristianismo en estas tierras.  Le siguieron Hernando de Soto con su acompañamiento de misioneros y exploradores por la Florida, Georgia, Carolina, Tennessee, Alabama, Mississippi, Oklahoma y Luisiana; hicieron lo mismo Pánfilo de Narváez, Cabeza de Vaca, Tristán de Luna.  Todos anunciaron personalmente a los indígenas de América la Pascua Florida, la muerte y resurrección de Cristo; fueron los primeros misioneros seglares en anunciar el mensaje de salvación.  El P. Luis Cáncer riega con su sangre estas tierras al morir mártir en 1549 cerca de Tampa.  Llega Pedro Menéndez de Avilés en 1565 con una expedición numerosa de españoles, cubanos, puertorriqueños y dominicanos y establece San Agustín de la Florida, la primera ciudad de Estados Unidos y en ella la primera parroquia, el primer hospital, la primera carretera y la primera misión para la conversión de los indígenas.  Así comenzaba la Florida a hacer honor a su nombre, a romper en una floración de cristianismo en este país. 

     Cabe al pueblo hispano con su identidad cultural católica el honor de ser el pionero en introducir el cristianismo en Norteamérica mucho antes que ningún otro grupo.  Es más, su juventud y su fe le hace ser hoy como una primavera que, en un futuro no muy lejano, romperá en una floración de flores y frutos para la Iglesia Católica de Estados Unidos.  Ciertamente la Pascua Florida y el Pueblo Hispano tienen una relación muy estrecha en este país.  Florida y el pueblo hispano son raíces que forman parte ineludible del árbol genealógico de Estados Unidos.

 












 

 

 

 

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